13.- LEGITIMACIÓN REFORMISTA DE LA TECNOCIENCIA.
El submundo de la política real, de las maquinaciones, chantajes y luchas implacables entre fracciones del capitalismo por controlar las nuevas tecnologías me lleva a la penúltima parte de esta exposición. Hemos visto cómo a finales de los ochenta las tecnologías no se habían desarrollado aún suficientemente como para permitir una rápida e intensa recuperación de la crisis, y hemos visto como incluso una década más tarde en los EEUU las nuevas tecnologías no se habían implantado definitivamente en el grueso del sistema productivo. La razón es muy simple, y ya fue enunciada teóricamente por Marx cuando analizó el conjunto de problemas que impulsa y a la vez retrasan la aplicación de nuevas máquinas. La experiencia posterior ha confirmado y enriquecido aquellas ideas, como demostró Mandel en su clásico estudio sobre las ondas largas del sistema capitalista y la relación entre lucha de clases y desarrollo tecnológico, en el que muestra cómo la burguesía pretendió utilizar las dos primeras revoluciones industriales para destrozar la fuerza organizada de las clases trabajadoras, y cómo a principio de los ochenta sucedía lo mismo con la tercera (178).
Aunque el movimiento obrero fue muy duramente atacado el capitalismo no ha logrado introducir todo el potencial tecnológico disponible tanto por las resistencias y exigencias de control sindical y democrático, como los altos costos tecnológicos como, por último, por su creciente obsolescencia; en síntesis, por la provisionalidad que envuelve al tema. Hay que considerar aquí la lucha de clases no como una simple disputa salarial sino como un choque global con efectos directos e indirectos en todas las parcelas de la vida social. Desde esta perspectiva, se entiende lo que indican Barnet y Cavanagh: "Como los cambios tecnológicos llegan tan deprisa y poseen un impacto imprevisible en el mercado de la electrónica, fármacos e informática, por ejemplo, incluso en las empresas más grandes con importantes resultados y profundamente arraigadas en muchos países, crece un sentimiento de provisionalidad" (179).
La propaganda burguesa ha intentado ocultar con toda serie de visiones optimistas del desarrollo tecnocientífico capitalista presente y futuro, el contenido estratégico esencialmente político-económico del ataque contra las clases trabajadoras, también contra las naciones y pueblos oprimidos y contra las mujeres del planeta, con toda serie de afirmaciones sobre la instauración de una "democracia representativa" que oculta la ferocidad del ataque. A. Mendizabal (180) critica con lucidez este proceso generalizado, muestra la importancia de las nuevas tecnologías y sobre todo de la microelectrónica en la transformación de la estructura del empleo, de la organización del trabajo, de la estructura de la empresa, de los contratos de trabajo, del mercado de trabajo y, por no extendernos, de la revolución del conocimiento, y propone una serie de alternativas prácticas para luchar contra esta globalización mediante una sociedad alternativa.
Semejante esfuerzo legitimador de la tecnociencia proviene de la crisis de credibilidad que la afectó desde finales de los sesenta y cuyo seguimiento no podemos hacer aquí aunque sí debemos considerar las denuncias a la militariación de la de la industria y de investigación científica, precisamente una de las fuerzas decisivas en la aparición de la tecnociencia y en sus estrechas relaciones con el imperialismo, sobre todo con el norteamericano (181). En realidad, la necesidad que tiene la burguesía de legitimar la tecnociencia no viene sólo de lo vital que esta resulta para su dominación, sino también de que su cuestionamiento supone un serio ataque a lo más típico de la racionalidad dominante y de su modelo de orden social, productivo y epistemológico. Interesa, en este sentido, leer la sugerente descripción que hacen al respecto Bocchi y Ceruti sobre el origen de la racionalidad científica desde la mitad del siglo XVII:
"Emergió al respecto el ideal de la objetividad racional, expresión de un observador abstracto. Intérprete de estas exigencias, el investigador tendría que discriminar entre lo relevante y lo accesorio, entre lo permanente y lo transitorio, entre lo esencial y lo superfluo. El laboratorio se convirtió en el teatro de su actividad: un escenario purificado de toda interferencia de efectos secundarios, en el que los hechos serían tales solamente en la medida en que se obtuvieran en condiciones experimentales completamente controlables. Ello posibilitaría separar los pocos hechos inteligibles de una teoría (porque repetibles, y, por tanto, controlables más allá de toda específica condición espacio-temporal) de una miríada de desdeñables interferencias" (182).
De la misma forma en que, como hemos visto, en los ejércitos se impuso el orden más estricto para lograr el control absoluto de la incertidumbre, también se buscó lo mismo en los primeros laboratorios, y ambas experiencias servirían luego para desarrollar otros sistemas de orden productivo simbólico-material, desde el frenopático hasta el más reciente y tecnocientífico taller toyotista y postaylorista. Esta racionalidad instrumentalista y productivista es consustancial a la ideología burguesa, aunque no a su realidad social, como se demuestra leyendo al famoso filósofo de la ciencia I. Lakatos en su debate de comienzos de 1970 con J. R. Ravetz:
"En mi opinión, la ciencia, como tal, no tiene ninguna responsabilidad social. En mi opinión es la sociedad quien tiene una responsabilidad: la de mantener la tradición científica apolítica e incomprometida y permitir que la ciencia busque la verdad en la forma determinada puramente por su vida interna. Desde luego, los científicos, en cuanto ciudadanos, tienen la responsabilidad, como cualquier otro ciudadano, de velar porque la ciencia sea aplicada a fines sociales y políticos correctos. Esta es una cuestión distinta e independiente y, en mi opinión, se trata de una cuestión a ser determinada en el Parlamento, Desde luego, como ciudadano, estoy totalmente a favor de utilizar la ciencia de modo que sirva a la anticontaminación en lugar de servir a la contaminación, y que sirva para la defensa de la libertad en lugar de servir a la subyugación de la gente más débil. Y llega ahora la segunda pregunta que tenía que plantear al doctor Ravetz. Según mi punto de vista, una de las responsabilidades sociales más importantes del pueblo inglés es utilizar la ciencia para defender la libertad de este país. Según mi punto de vista, esto sólo puede conseguirse manteniendo el elevado prestigio social de los científicos nucleares aplicados que trabajan para el ejército. Ahora bien, ¿qué es lo que el doctor Ravetz desea que produzcan los ingenieros ingleses: el paraguas nuclear para la libertad o el paraguas de Chamberlain para la servidumbre?" (183).
En esa época Inglaterra era todavía el segundo imperialismo mundial, y aplicaba la más avanzada tecnociencia en su represión del pueblo irlandés y de otros muchos del planeta. Las palabras de Lakatos expresan crudamente el ideario profundo del poder tecnocientífico capitalista en una potencia imperialista que jugaba y juega un papel clave en la OTAN, y aunque Inglaterra ha ido perdiendo poder frente a Alemania, esa ideología tecnocientífica no se ha debilitado en la práctica económica y militar. Al contrario. No hace falta, pienso, extenderme en la reactivación desde comienzos de los ochenta con la contraofensiva capitalista llamada "neoliberalismo", de los esfuerzos de algunas instituciones burguesas especialmente autoritarias por reactivar estas defensas tan feroces de la tecnociencia.
Resulta tan burda esta defensa de la tecnociencia que han proliferado otras más sutiles e indirectas, incluso las que escamotean abiertamente el problema del poder y lo reducen al control de la información, como veremos. He dividido en cuatro bloques esas defensas legitimadoras de la tecnociencia. El primero es el de la "crítica comprensiva" tanto en el sentido de denunciar los "malos usos" de "la ciencia", como es el caso entre otros muchos de M. F. Perutz (184), como en el de la pura propaganda optimista con algunos tintes de "autocrítica" por el paro y otras menudencias, según el texto de M. Kaku (185). Sí me voy a detener un poco en el texto de M. Calvo Hernando porque muestra claramente los límites reformistas de este bloque. En el brevísimo espacio dedicado a la supuesta "democracia electrónica", el autor se pregunta:
"Ante el uso creciente de estas tecnologías para la intensificación de los sondeos, para la propaganda política y, en general, para lo que empieza a llamarse "democracia electrónica", ¿no resultará cada vez más difícil para los elegidos defender posiciones impopulares que se juzguen electrónicamente? ¿Se podrá garantizar a los usuarios la total confidencialidad de su elección? ¿Serán compiladas estas informaciones por los operadores de cable, para formar ficheros de clientela especialmente seleccionados? ¿Cómo dejar que se instauren así procedimientos denominados de "democracia electrónica" bajo el control de empresarios privados, aunque estos sondeos o votos sólo tengan un carácter "indicativo" (al menos en un principio)? ¿Qué riesgos oculta esta democracia "en tiempo real", que nuestros dirigentes empiezan a practicar ya con los múltiples sondeos cotidianos?" (186).
Esto es todo lo que aparece con un barniz ligeramente "crítico" con respecto a la tecnociencia y el poder capitalista.
El segundo es el de la falacia naturalista, es decir, la defensa de "la ciencia" desde la perspectiva no sólo de que dice "la verdad" sino además de que descubre las grandes fuerzas que determinan el funcionamiento concreto de la sociedad humana. Uno de los casos más estridentes en este bloque es el libro de H. Haaken sobre la sinergética. Vaya por delante que aquí no se critica la razón científica innegable que tiene el texto en su primera parte, sino lo anticientífico que es querer aplicar a la sociedad humana todo, absolutamente todo lo que sí vale para las llamadas ciencias naturales --sin entrar tampoco ahora a este tema de las "ciencias naturales"-- como hace el autor citado desde el captº XII de su libro, y sobre todo en sus ideas sobre las revoluciones:
"En el sentido de la sinergética, una revolución es casi siempre una inestabilidad que rompe las simetrías. Sobre todo en las manifestaciones de masas se puede observar que los asistentes van enfervorizándose mutuamente y que su voluntad revolucionaria es un producto colectivo. La multitud adquiere un estado de excitación colectiva, que crea en las personas una impetuosa e irresistible sed de acción, de violencia, la cual puede manifestarse en forma de quema de automóviles, roturas de escaparates o, como en la Revolución Francesa, con la toma de la Bastilla. En estos estados de excitación colectiva el pensamiento lógico individual parece quedar descartado casi por completo. El individuo aparece esclavizado por un "ordenador", en este caso la consigna, surgida a menudo por casualidad" (187).
Dentro de este segundo bloque quiero incluir también a Rosnay:
"Se podría decir que estamos inventando una nueva forma de vida: un macroorganismo planetario que engloba el mundo viviente y los productos humanos, que también evoluciona y cuyas células seríamos nosotros. Posee un sistema nervioso propio, del cual Internet sería un embrión, y un metabolismo que recicla los materiales. Este cerebro global, hecho de sistemas interdependientes, vincula a los hombres a la velocidad del electrón y trasforma nuestros intercambios (...) ¿Qué es el mercado sino un sistema darwiniano que selecciona, elimina o amplía determinadas especies de invenciones? La gran diferencia con la evolución biológica es que el hombre puede inventar en abstracto tantas especies como desee: esta nueva evolución se desmaterializa. Inserta entre el mundo real y el mundo imaginario, un mundo nuevo, el mundo virtual, lo que no sólo le permite explorar universos artificiales, sino también poner a prueba y fabricar objetos o máquinas que aún no existían. De algún modo, esta evolución cultural y técnica sigue la misma "lógica" de la evolución natural" (188).
Lo menos que hay que decir de estas joyas de la estupidez es que, primero, silencian o desconocen la larga historia del debate epistemológico sobre la dialéctica entre objetividad y subjetividad en lo que se llama ciencia y en general en el pensamiento humano, largo debate que aparece en la Grecia clásica y toma cuerpo definitivo en las obras de Aristófanes, como muy bien indica P. Thuillier (189); segundo, no son capaces de apreciar el cambio cualitativo entre lo natural y lo social de modo que se les puede responder con esta muy esclarecedora frase, sin mayores precisiones sobre ella: "...lo que sin duda Marx no pudo prever, y lo que sin duda diferencia cualitativamente su obra de la Darwin es que la naturaleza no leyó a Darwin, pero la sociedad sí leyó a Marx" (190); tercero, desconocen o silencian la realidad interna de la tecnociencia como poder instituido en cuyo interior la verdad convive con los errores y fraudes, como dice P. Voltes en su texto básico: "El edificio de la ciencia es inacabable, está construido sobre cimientos movedizos y temblorosos y nunca llegará a ser completa y exactamente correlativo al cosmos que estudia. El reconocerlo así presta, sin duda, más servicio a la ciencia que la veneración exagerada a los antecesores, la autovaloración pedante de lo propio y el manejo sectario de nuestro entorno" (191).
Cuarto, además de errores y fraudes, existe la mentira interesada y consciente, la falsificación y la manipulación de los resultados. La pregunta de por qué engañan bastantes científicos ha sido contestaba brillantemente por Trocchio mostrando que los científicos se han convertido en "mercenarios" del poder, y la solución no es otra que devolverles la "libertad" de investigación y la "dignidad" de seres libres (192). La capacidad de mentir de los científicos es una cosa realmente seria e inquietante porque, salvando todas las distancias, nos conduce de lleno al problema que afecta a la economía capitalista con la proliferación del fraude, del engaño, de la "economía criminal" --¿hay capitalismo "no criminal"?-- de la economía sumergida, del trabajo negro, etc., prácticas todas ellas que giran alrededor de la dictadura del dinero y del valor de cambio, o sea de la mercantilización de la ciencia. Es muy significativo el que, como demuestra S. Price fuera a comienzos del siglo XVII, concretamente en 1613 (193), cuando se denunciara la proliferación de "palabrería inútil" en multitud de artículos y ponencias científicas adelantándose con mucho a la muy conveniente denuncia de las imposturas intelectuales que se comenten en el mundo académico, tal cual hacen Sokal y Bricmont en su reciente y clásico texto que no necesita citarse, aunque no me resisto en recomendar dos textos muy necesarios por su crítica del relativismo posmoderno (194). Sin embargo, sí conviene rescatar del olvido la también brillante y demoledora denuncia de Bou Bauzá con su "aventura de publicar barbaridades" (195) y enviarlas a prestigiosos certámenes internacionales. Los resultados fueron terribles y muestran la ignorancia, superficialidad, ligereza y respeto perruno a las jerarquías académicas y universitarias de muchos jurados.
Quinto y último, esta reivindicación de Trocchio y las denuncias anteriores y posteriores, nos llevan a la otra cuestión, la de que el desarrollo tecnocientífico no es en absoluto determinista ni mecánico en el sentido de acabar más temprano que tarde con la victoria de lo "más apto" sobre lo "menos apto" en el mercado darwiniano que selecciona, elimina o premia al "mejor" en detrimento del "peor". Desde su feminismo crítico y en un texto colectivo de obligada lectura, R. Williams ha demostrado lo inconsistente de semejante determinismo (196), sumando su voz a otras críticas feministas a la institución tecnocientífica que debemos tener siempre en cuenta: "La crítica feminista a la ciencia se ha centrado en: la estructura social de la ciencia, los resultados de la investigación biológica y social, en las metáforas sexuales y significados de la naturaleza, en los procesos de investigación y en los aspectos epistemológicos" (197). Todas estas denuncias confluyen con especial fuerza en el problema de la procreación de nuestra especie, cuestión vital donde las haya y sobre la que el feminismo tiene siempre la última palabra. Pues bien, en este tema decisivo, estudios feministas muestran cómo además de existir desde tiempos inmemoriales "un lucrativo comercio con el sufrimiento y el deseo de un hijo", el desarrollo científico en la sociedad capitalista dio un salto en 1791 con la primera inseminación humana, abriéndose un sendero por el que luego la tecnociencia hablaría en términos abusivos del hijo "fabricado" por la técnica médica (198). El "lucrativo comercio" de la reproducción biológica ha entrado ya en el contenido mercantil de la tecnociencia.
No nos debe sorprender la coherente rotundidad de esta muy necesaria crítica feminista viendo las versiones burguesas que desde algunos sectores "progresistas" se hace al poder tecnocientífico, lo que nos introduce ya en el tercer bloque de defensa de la tecnociencia en el que nos encontramos Tezanos y López Peláez:
"La sociedad tecnológica postindustrial en la que nos encontramos se caracteriza por la interrelación entre ciencia, tecnología, instituciones de investigación, industria, financiación pública y privada. La relación entre la innovación tecnológica y la economía ha superado los planteamientos de la economía clásica, apareciendo la innovación tecnológica como el factor decisivo del crecimiento económico, de la productividad, de la competencia y de la nueva división de la economía mundial en función de las ventajas comparativas que otorga el componente tecnológico. A la vez, las nuevas tecnologías se convierten en el primer factor de configuración de la nueva sociedad tecnológica: el papel decisivo de la tecnología en la economía simplemente expresa el papel decisivo de la tecnología como tal en la conformación de la sociedad contemporánea, modificando las pautas de comportamiento, de estratificación, de identidad y de trabajo" (199).
Los autores son conscientes de los riesgos y de los efectos negativos de las nuevas tecnologías, y para solucionar el problema no proponen aumentar la democracia práctica, popular y productiva de las clases trabajadoras, de las naciones y pueblos oprimidos y de las mujeres del planeta, sino la más insustancial palabrería sobre "potenciar la participación pública en las controversias tecnológicas" (200).
En realidad, se trata de una "solución" que no soluciona prácticamente nada porque no cuestiona los pilares de género, clasistas y de opresión nacional que fuerzan la conversión de la tecnociencia en una maquinaria destinada a aumentar la explotación de esas trágicas realidades estructuradas objetivamente al margen de nuestra voluntad subjetiva. Desde su tecnocentrismo absoluto, es coherente que el poder de control popular quede prácticamente en nada. Además, tiene a su favor el sistema propagandístico que hace del cientifismo el gran recurso para resolver todos los problemas del presente y del futuro, o incluso peor, cuando se reducen esos peligros casi a nada. Este es el caso de J. Maddox que reduce los riesgos a las calamidades de las nuevas epidemias futuras y el sida, de la manipulación del genoma humano, del efecto invernadero, de la remota posibilidad de que un meteorito mediano o grande choque contra la tierra, y apenas más (201). Semejante simplismo y superficialidad es, empero, un terrible instrumento del poder capitalista en su lucha contra la creciente movilización colectiva ante el incremento de toda serie de riesgos, amenazas, peligros y deterioros. Esta toma de conciencia es inseparable de la certidumbre social de que la tecnociencia es un poder ajeno a la voluntad y a los deseos de las gentes.
Por último, el cuarto bloque está constituido por quienes difuminan tanto la estructura de poder material, clasista, dentro del capitalismo --e incluso apenas usan este nombre sino el de "sociedad de la información"-- que desaparece cualquier posibilidad de relacionar "la ciencia" con el poder. Este es el caso de Manuel Castells:
"Las batallas culturales son las batallas del poder en la era de la información. Se libran primordialmente en los medios de comunicación y por los medios de comunicación, pero éstos no son los que ostentan el poder. El poder, como capacidad de imponer la conducta, radica en las redes de intercambio de información y manipulación de símbolos, que relacionan a los actores sociales, las instituciones y los movimientos culturales, a través de iconos, portavoces y amplificadores intelectuales. A largo plazo, no importa realmente quien tiene el poder, porque la distribución de los papeles políticos se generaliza y es rotatoria. Ya no existen élites de poder estables. Sin embargo, sí hay élites desde el poder, es decir, élites formadas durante su mandato, usualmente breve, en el que aprovechan su posición política privilegiada para obtener un acceso más estable a los recursos materiales y las conexiones sociales. La cultura como fuente de poder y el poder como fuente de capital constituyen la nueva jerarquía social de la era de la información" (202).
No merece la pena perder el tiempo en una contestación extensa, así que solamente cito las conclusiones de la reciente investigación de J. A. Rodríguez sobre el círculo de poder en el Estado español:
"1. La importancia de un grupo de élite central que juega un papel fundamental de intermediación y cohesión social. 2. El alto nivel de relaciones y cohesión del círculo formando un verdadero círculo social que integra a todos los sectores económicos. 3. La articulación de grupos de consejeros alrededor de los grandes grupos bancarios. 4. A pesar del alto número de consejeros profesionales, permanencia en posicionales centrales del poder de las viejas oligarquías financieras. 5. Alto ligamen del círculo del poder a la clase alta y al sistema político. 6. No pertenencia de los consejeros centrales de BANESTO al centro aglutinador del círculo social. 7. Competencia entre las élites históricas (parte de la oligarquía financiera) del BCH y las nuevas de BANESTO por ocupar el espacio de centralidad-influencia-poder (...) El espacio y red corporativas están claramente articulados alrededor de los grandes holding bancarios. Cabe destacas: 1. Continuidad en los grupos bancarios centrales a lo largo del tiempo. 2. Reparto del espacio corporativo (industrial) entre los holding financieros. 3. Competencia entre conglomerados por los sectores centrales de la economía: energía y siderometalúrgica. 4. Papel clave de intermediación del sector energético (especialmente las corporaciones eléctricas). 5. Coincidencia en el mismo espacio corporativo (mismo papel social) del grupo BANESTO y grupo BBV. 6. Fundaciones: la interrelación entre el círculo de poder y el sector de fundaciones muestra el papel cohesionador de clase de las fundaciones. Como espacio de cohesión social del círculo de poder y como espacio de articulación de valores sociales y culturales de clase" (203).
Los esfuerzos por recuperar la credibilidad del poder tecnocientífico, popularmente calificado como "la ciencia", van de mal en peor aunque se libra una áspera batalla al respecto. En realidad, la gente comprende cada vez mejor que la tecnociencia multiplica los riesgos de todo tipo --por ejemplo, las vacas locas, las infecciones hospitalarias, los edificios enfermos, los llamados "accidentes de trabajo", la multiplicación de los desequilibrios psicológicos y un largo etcétera-- de modo que tiene razón U. Beck cuando sostiene en su crítica del globalismo que:
"El distintivo más visible de los conflictos resultantes de los riesgos estriba precisamente en que determinados ámbitos anteriormente despolitizados de la toma de decisiones se politizan mediante la percepción pública de los riesgos; estos se abren --por regla general involuntariamente y contra la oposición de instituciones poderosas que monopolizan esas decisiones-- a la duda y al debate públicos. Así, de la noche a la mañana, en la sociedad del riesgo mundial se exponen con pelos y señales objetivos y temas que antes se trataban a puerta cerrada, como, por ejemplo, decisiones sobre inversiones económicas, fórmulas químicas de productos y medicamentos, programas de investigación científica o el desarrollo de nuevas tecnologías. Todo esto exige de repente una justificación pública, a la vez que se nos pide elaborar y modificar marcos institucionales para legitimar y consolidar esta pieza importante que se llama una mayor democracia (...) este autocuestionamiento subversivo, no querido, no visto y fundamentalmente político ("modernización reflexiva"), que se pone en movimiento por doquier mediante los riesgos percibidos, ocurre al final algo que los sociólogos que se reclaman de Max Weber apenas consideran posible: que las instituciones acaben moviéndose. El diagnóstico de Max Weber es el siguiente: la modernidad se convierte en una caja de hierro en la que los hombres, al igual que los fellah del antiguo Egipto, debe hacer sacrificio en los altares de la racionalidad. La teoría de la sociedad del riesgo mundial desarrolla el siguiente contraprincipio: se ha abierto la jaula de la modernidad" (204).
Estas movilizaciones han sido recogidas y analizadas con diversa profundidad por la corriente CTS; por ejemplo, y sin poder entrar aquí a mayores matizaciones sobre los contenidos de las obras que se citan, M. González, J. A. López y J. L,. Luján (205), nos ofrecen una perspectiva más rica, profunda y crítica de la mayoría de debates que en los últimos años se están librando entre diversos sectores preocupados por la evolución de la tecnociencia; J. M. Iranzo y J. R. Blanco (206) se extienden en el análisis de las corrientes más recientes en la sociología de la ciencia lo que permite al lector disponer de una idea más realista de lo que sucede; por su parte, R. Méndez y A. Alvarez (207), avanzan un paso importante y plantean multitud de reflexiones críticas sobre las consecuencias prácticas de la tecnociencia actual, y justifican la necesidad de que las gentes se movilicen para controlar una fuerza que se está volviendo incontrolable.
También aumentan las investigaciones específicas sobre el riesgo en general, aunque, en los autores que tratamos ahora y que hemos citado antes en otro texto, J. López y J.L. Luján, desde y para una propuesta bastante institucionalista que, al final, queda reducida fundamentalmente a las siguientes "posibilidades generales de participación pública": Las audiencias públicas. Las audiencias parlamentarias. La gestión negociada. Los paneles de ciudadanos y las encuestas de opinión. Pero los autores advierten que estos y otros métodos de participación pública: "Aunque pueden servir como base para la toma de decisiones, no pueden ser hablando estrictamente procedimientos de toma de decisiones. En los sistemas político democráticos, los procedimientos legítimos para la toma de decisiones están claramente definidos. Estos modelos no han de reemplazar dichos procedimientos legítimos, sino servir como herramientas para propiciar la participación pública en la elaboración de opciones y focalizar la discusión pública sobre ellas. Una excepción al respecto e, por el carácter vinculante para la Administración, la constituyen los referéndum y la litigación, que se han convertido en muchos países occidentales en el principal procedimiento que tienen los ciudadanos para dirigir el cambio tecnológico y restringir los riesgos a él asociados" (208).
(178) Ernest Mandel: "Las ondas largas del desarrollo capitalista. Siglo XXI, Madrid 1986. Págs 33-55.
(179) Richard J. Barnet y John Cavanagh: "Sueños globales ". Ops. Cit. Pág. 421.
(180) Antxon Mendizabal: "La globalización. Una perspectiva desde Euskal Herria". Hiru. Hondarribia, 1998, págs, 83-99.
(181) AA.VV: "EEUU 1945-1985 Economía Política y militarización de la Economía". Iepala, Madrid 1985.
(182) Gianluca Bocchi y Mauro Ceruti: "El sentido de la historia. La historia como encadenamiento de historias". Debate, Madrid 1994. Pág 138.
(183) Imre Lakatos: "La responsabilidad social de la ciencia" en "Escritos filosóficos 2. Matemáticas, ciencia y epistemología". Alianza Editorial Madrid 1999, pág 341.
(184) Max F. Perutz: "¿Es necesaria la ciencia?", Espasa Universidad, Madrid 1990.
(185) Michio Kaku: "Visiones. Como la ciencia revolucionará la materia, la vida y la mente en el siglo XXI". Debate. Madrid 1998.
(186) Manuel Calvo Hernando: "La ciencia en el tercer milenio. Desafíos, direcciones y tendencias". Serie McGraw-Hill de Divulgación Científica, Madrid 1994, pág 151-152.
(187) Hermann Haken: "Fórmulas del éxito en la naturaleza. Sinergética: la doctrina de la acción en conjunto". Biblioteca Científica Salvat, Barcelona 1994 págs 135-160.
(188) Joël de Rosnay: "El porvenir de la vida", en AA.VV: "La historia más bella del mundo. Los secretos de nuestros orígenes". Anagrama, Barcelona 1997, pág. 160.
(189) Pierre Thuillier: "Las pasiones del conocimiento". Ops. Cit. Págs 251-275.
(190) Lamo de Espinosa, González García y Torres Albero: "La sociología del conocimiento y de la ciencia". Alianza Editorial. Madrid 1994, pág 614.
(191) Pedro Voltes: "Errores y fraudes de la ciencia y de la técnica". Planeta. Barcelona 1995, pág 12.
(192) Federico di Trocchio: "Las mentiras de la ciencia". Alianza. Madrid 1998, págs. 407-438.
(193) D. J. S. Price: "Hacia una ciencia de la ciencia". Ariel, Barcelona 1973, pág 110.
(194) Alan Sokal en El Viejo Topo, Barcelona nº 132, sept. 1999, págs 27-39, y Jean Bricmont: "Charadas peligrosas", en "Avance y perspectiva", nº 18, mayo-junio1999, Zacatecas.
(195) Guillerm Bou Bauzá en El País, 23 octubre 2000, nº 1624.
(196) Rosalind Williams: "Las dimensiones políticas y feministas del determinismo tecnológico", en Merrit Roe Smith y Leo Marx (eds.): "Historia y determinismo tecnológico". Alianza, Madrid 1996, págs 233-251.
(197) AA.VV: "Interacciones ciencia y género". Icaria. Barcelona 1999, pág 266.
(198) Jacquelina Costa-Lascous: "Mujer, procreación y bioética", en AA.VV "Historia de las mujeres", Taurus, Madrid 2000, Volumen 5, pág 646.
(199) José Félix Tezanos Tortajada y Antonio López Peláez (Editores): "Ciencia, tecnología y sociedad". Sistema, Madrid 1997, pág 110.
(200) J. F. Tezanos y A. López: "Ciencia, tecnología y sociedad". Ops. Cit. Págs 220-242.
(201) John Maddox: "Lo que queda por descubrir. Una incursión en los problemas aún no resueltos por la ciencia, desde el origen de la vida hasta el futuro de la humanidad". Debate. Madrid 1999 Págs. 317-360.
(202) Manuel Castells: "La era de la información". Ops. Cit. Volumen III, "Fin de milenio", pág 382.
(203) Josep A. Rodríguez: "El círculo de poder: La estructura social del poder económico en la España de los noventa". Sistema nº 158, Madrid 2000, págs 85-87.
(204) Ulrich Beck: "¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas de la globalización". Paidós. Barcelona 1998, págs. 141-144.
(205) Marta I. González García, José A. López Cerezo y José L. Luján López: "Ciencia, tecnología y sociedad. Una introducción al estudio social de la ciencia y de la tecnología". Tecnos. Madrid 1996.
(206) Juan Manuel Iranzo Amatriaín y José Rubeén Blanco Merlo: "Sociología del conocimiento científico". CIS. Madrid 1999.
(207) Roberto Méndez y Alvar Alvarez: "Educando en valores a través de "ciencia, tecnología y sociedad"". Desclée De Brouwer, Bilbao 1999.
(208) José A. López Cerezo y José Luis Luján: "Ciencia y política del riesgo". Alianza. Madrid 2000 págs. 173-185.